
El otro día recordaba cuando me inicié. en este asunto de las revistas, hace ya más de 25 años; de cómo el trabajo era prácticamente mecánico, manual: uno paraba la tipografía (es decir, la mandaba a hacer a un sitio, donde tenían que fotografiarla, revelarla, etcétera), luego había que recogerla, montarla sobre un cartón, ponerle una camisa (hoja de papel albanene) encima, corregir los textos y luego volver a ordenar las correcciones al despacho de tipografía y hacerlas una a. una a mano, con un cutter y un par de. escuadras.
Era un trabajo totalmente artesanal.
Los anuncios, las ilustraciones, todo se hacía a mano alzada, a pulso, paso a paso. Luego, había que hacer negativos de cada pliego de 4 u 8 páginas y quemar las láminas correspondientes para poder imprimirlas. y en lo que reflexionaba era en la idea de que, poco a poco, cada uno de los procesos se ha ido desmaterializando, se ido convirtiéndo en luz y energía: hoy las letras generadas pueden sólo existir en la computadora, los originales mecánicos, ilustraciones, gráficas, pueden jamás tener que tocar el papel, nacer y morir en la pantalla; ya no hay negativos, sino que del archivo se va directo a la lámina: y es entonces que se imprime. Y si se prefiere, no es siquiera necesario imprimir.
La revista, enterita, se puede subir a la red y consumirse ahí, sin tocarla, con sólo los ojos… Luz de principio a fin: telequinesis pura.
En ésas estaba yo, arrobado en el mundo de los quantos, cuando de repente sopló el viento y se llevó la luz de la mitad de la ciudad de México, incluyendo la de mi casa.
En ese momento me di cuenta de que pese a todos los avances, toda nuestra
tecnología, todos nuestros logros, todas nuestras fantásticas máquinas, dependen de formas de energía creadas, en el mejor de los casos, en el Siglo XIX y, en el peor, hace millones de años, cuando se extinguieron los dinosaurios.
Se extraña Juan Villoro (en el periódico Reforma del viernes 25 de enero), de que los ventarrones hayan provocado tal catástrofe. Yo no: en mi casa, la luz es susceptible de irse no sólo por el efecto del viento, sino también por el del resto de los elementos o por cualquier otra razón.
Los apagones se presentan con una frecuencia casi predecible y suelen durar desde minutos hasta la noche completa, quitándonos de tajo la televisión, el internet, los videojuegos, el refri y la lavadora, y reduciéndonos en un instante a personajes decimonónicos qondenados a leer a la luz de las velas, tocar el piano (si lo tuviéramos) y jugar al tute (si lo jugáramos).
Entonces, una vez que me hube resignado a la oscuridad y convencido de que esa noche no volvería la luz, pude continuar mi reflexión y llegar a la conclusión de que como especie somos gigantes con pies de barro. Yeso, en la era del calentamiento y las aguas desbordadas, es algo que mete, sin duda, bastante miedo.
Mauricio Hammer
(Como se publicó en la revista Mixup)