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De Stephen King (Novela por entregas)

PARTE 4 (Conclusión)

Esta vez cuando conectó el aparato, el CPU ni zumbó, ni rugió; empezó a hacer un ruido desigual, un especie de quejido.

El olor caliente del transformador del tren salió casi al momento de la parte de atrás de la pantalla y en cuanto oprimió el botón ENTER para borrar ¡FELIZ CUMPLEAÑOS TÍO RICHARD!, empezó a salir humo.

– Queda poco tiempo – pensó – No… no es cierto… no queda nada de tiempo. Jon lo sabía, y ahora yo también lo sé -.

Tenía dos alternativas: traer a Seth de vuelta con el botón INSERT (sabía que podía hacerlo; sería tan fácil como fue crear los doblones españoles) o terminar el trabajo.

El olor se hacía más potente, más urgente. En cualquier momento la pantalla empezaría a mandar el mensaje de SOBRECARGA.

Escribió:

– Mi mujer es Adelina Mabel Warren Hagstrom. –

Oprimió el botón SUPR.

Luego escribió:

– Soy un hombre que vive solo… –

Ahora, la terrible palabra apareció en la esquina superior, a la derecha de la pantalla:

SOBRECARGA, SOBRECARGA, SOBRECARGA.

– ¡Por favor! ¡Por favor…! ¡Déjame terminar!. Por favor, por favor, por favor…-

El humo que salía ahora de las redijas y ranuras del monitor era más denso y más gris. Miró al ruidoso CPU y vio que también salía humo de su rejilla… y al fondo de aquel humo pudo ver una brillante chispita roja, de fuego.

– Juego mágico ¿Tendré salud, seré rico o sabio? ¿O viviré solo y quizá me matará la soledad y la pena? ¿Queda tiempo aún?… no lo sé ahora, tal vez mas tarde -.

Excepto que ya no quedaba más tarde.

Pulsó el botón INSERT y la pantalla se volvió de un negro profundo, excepto por el insistente mensaje de SOBRECARGA, que parpadeaba ahora a toda velocidad aunque irregular.

Escribió:

– … excepto por mi esposa Belinda y mi hijo Jonathan –

¡Por favor. Por favor..!

Oprimió el botón ENTER.

La pantalla se limpió.

Durante lo que parecieron siglos permaneció vacía, excepto por la palabra SOBRECARGA, que aparecía con tanta rapidez que a excepción de una ligera sombra, parecía mantenerse constantemente allí, como una computadora ejecutando una cerrada orden de mando.

Algo dentro del CPU saltó y comenzó a arder, Richard exhaló un gemido.

Letras verdes re aparecieron en la pantalla, flotando místicamente sobre el negro:

– Soy un hombre que vive solo, excepto por mi mujer Belinda y mi hijo
Jonathan –

Pulsó por dos veces el botón ENTER.

– Ahora… – pensó – Debo escribir: “Todas las piezas de este procesador de palabras estaban perfectamente ensambladas antes de que el Sr Nordhoff me lo trajera…” o escribiré: “Tengo ideas para, por lo menos, veinte novelas sensacionales…” o escribiré: “Mi familia y yo viviremos felices para siempre….” o escribiré…-

Pero no escribió nada. Sus dedos revolotearon estúpidamente por encima del teclado mientras sentía… literalmente sentía… que todos los circuitos de su cerebro se quedaban bloqueados como los autos en el peor bloqueo de tráfico de las grandes ciudades en la historia de la combustión interna.

La pantalla se llenó de pronto con la palabra: TERMINADO, TERMINADO, TERMINADO, TERMINADO, TERMINADO, TERMINADO, TERMINADO, TERMINADO….

Hubo un crujido y luego una explosión en el CPU. Salieron unas llamaradas del aparato y después se apagaron.

Richard se reclinó hacia atrás en su sillón, cubriéndose la cara por si acaso explotaba la pantalla. No explotó. Solamente se apagó.

Permaneció sentado, contemplando la oscuridad de la pantalla.

– No puedo decirlo… – dijo para si mismo y completó la frase – Vuelve a preguntar después… –

-¿Papá? –

Volteó la cabeza rápidamente, con el corazón latiéndole con tal fuerza que temió que se le saltara del pecho.

Jon estaba allí, Jon Hagstrom, y su rostro era el mismo pero había algo distinto… la diferencia de paternidad entre los dos hermanos.

O quizás era simplemente que aquella expresión inquieta, nerviosa, había desaparecido de sus ojos ligeramente aumentados por los lentes (ahora de armazón metálico, observó, y no el feo armazón de plástico que Roger siempre le compró al muchacho porque costaban quince dólares menos).

Quizás era algo todavía más sencillo: el aspecto de predestinación había desaparecido de los ojos del muchacho.

– ¿Jon? – Preguntó con voz ronca, preguntándose si en realidad había querido algo más que esto. ¿Era cierto? Parecía ridículo, pero se figuraba que sí.

Suponía que la gente siempre quería más.

– Jon ¿Eres tú, verdad? –
-¿Quién mas podía ser? – Y señaló con la cabeza el procesador de palabras –

¿No te lastimaste cuando este bebé se fue al cielo de los datos?.

Richard sonrió:

– No, estoy perfectamente bien -.

– Lamento que no funcionara. No sé por qué lo hice, desperdiciar el tiempo con todas esas piezas inútiles – movió la cabeza -. De verdad no se por qué… es como si hubiera tenido que hacerlo. Cosas de niño -.

– Bueno – dijo Richard, acercándose a su hijo y pasándole un brazo por los hombros – Quizá te quede mejor la próxima vez.

– Tal vez… o a lo mejor hago otra cosa –

– Eso puede ser mejor –

– A proposito, Mamá dice que hay chocolate caliente, por si quieres…. –

– ¡Claro que si! – y ambos salieron juntos del despacho a una casa donde no había ningún pavo congelado procedente de un premio ganado en la iglesia -.

– Una taza de chocolate es justo lo que necesito –

– Mañana le quitaré lo que sirva de los fierros y lo demás lo voy a tirar a la basura – anunció Jon.

Richard afirmó con la cabeza, diciendo:

– Mejor bórralo de nuestras vidas… –

Y caminaron por la casa entre sonrisas, acompañados por el aroma del chocolate caliente.

FIN.

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De Stephen King (Novela por entregas).

PARTE 3

Media hora más tarde volvía a estar en su despacho, contemplando el procesador de palabras.

Tocó la tecla ON/OFF pero sin haberlo enchufado aún. La segunda vez que Nordhoff lo dijo, Richard lo había oído perfectamente…

– Por el amor de Dios, tenga cuidado. –

Sí. Debía tener cuidado. Una máquina que podía hacer aquello…

¿Cómo podía una máquina hacer tal cosa?

Ni idea… pero en cierto modo, hacía aceptable toda aquella locura.

Ël era profesor de lengua inglesa y escritor a veces, no un técnico, y había un interminable número de cosas cuyo funcionamiento desconocía: fonógrafos, motores de gasolina, teléfonos, televisores, y la cadena del depósito del inodoro. Su vida había sido una historia de comprensión de operaciones más que de principios.

Había alguna diferencia, aquí, ¿pero de que tipo?

Conectó la máquina, Como la primera vez, en la pantalla aparecieron las letras:

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, TÍO RICHARD!,

JON. Apretó el botón ENTER y el mensaje de su sobrino desapareció.

Esta máquina no durará mucho, se le ocurrió de pronto. Tenía la seguridad de que Jon debía estar aún trabajando en ella cuando murió, creyendo que todavía le quedaba tiempo. El cumpleaños de tío Richard sería dentro de tres semanas, después de todo…

Pero a Jon se le había terminado el tiempo y este asombroso procesador de palabras, que aparentemente podía insertar cosas nuevas y suprimir cosas viejas del mundo real, olía como un transformador de tren que se estuviera friendo y empezaría a soltar humo dentro de muy pocos minutos.

Jon no había tenido oportunidad de perfeccionarlo. ¿Había… Confiado en que todavía le quedaba tiempo?

Estaba en un error. Todo era un error. Richard lo sabía. El rostro tranquilo, atento, los ojos serenos tras los gruesos cristales de sus gafas… No, no estaba confiado, ni creía en lo acomodaticio del tiempo. ¿Cuál era la palabra que se le había ocurrido antes, aquel mismo día?

Predestinado. No era precisamente una buena palabra para Jon; era la palabra apropiada. La sensación de predestinación había envuelto al muchacho tan palpablemente que, a veces, Richard había querido abrazarle, decirle que se animara un poco, que a veces las cosas terminaban bien y que los buenos no siempre tenían que morir jóvenes.

Luego pensó en Roger tirando su juego de Ocho Bolas Mágicas a la acera, tirándolo tan fuerte como pudo; oyó partirse el plástico y vió el fluido mágico del juego -agua al fin y al cabo-,.deslizándose por la banqueta. Y esta imagen se mezcló con una imagen de la vieja carcacha de Roger con las letras HAGSTROM REPARTOS AL POR MAYOR escrito en los costados, saltando por encima de un polvoriento acantilado, en pleno campo, golpeando de frente el fondo, con un ruido que, como su hermano Roger, no valía nada.

Vio, aunque no quería verlo, el rostro de la mujer de su hermano desintegrándose en sangre y huesos. Vio a Jon ardiendo entre los restos, gritando, volviéndose negro.

Ni confianza, ni esperanza. Siempre había reflejado la sensación de que el tiempo se le escapaba.

Y al final había resultado que tenía razón.

-¿Qué significa eso?- murmuró Richard mirando la pantalla vacía.

¿Cómo hubiera contestado el juego de las bolas mágicas? ¿”VUELVE A PREGUNTAR”?

¿DIFÍCIL Y CONFUSO? ¿O quizá CIERTAMENTE ASÍ?

El ruido que escapaba del CPU volvía a ser fuerte, y más rápido que por la tarde. Ya podía oler al transformador de tren que Jon había acoplado a la maquinaria detrás de la pantalla recalentada.

Una Máquina de sueños mágicos. Un procesador de palabras de los dioses.

¿Era eso lo que era? ¿Era eso lo que Jon había querido regalar a su tío para su cumpleaños?

¿Lo equivalente, en espacio y época, a la lámpara maravillosa o al pozo de los deseos?

Oyó abrirse la puerta trasera de la casa y a continuación las voces de su hijo Seth y de los otros miembros de su banda de rock. Las voces eran demasiado fuertes, ordinarias. Habían estado bebiendo o fumando hierba.

-¿Dónde está tu papá, Seth?- oyó que uno de ellos preguntaba.

– Perdiendo el tiempo en su oficina, supongo, como siempre – respondió Seth -. Creo que… -pero entonces volvió a levantarse el viento, borrando el final, pero no sus terribles carcajadas.

Richard les estuvo escuchando, sentado, con la cabeza inclinada a un lado y, se pronto, escribió:

MI HIJO ES SETH ROGER HAGSTROM.

Su dedo se posó sobre el botón SUPR.

¿Qué estás haciendo? -le chilló la mente-. ¿Lo haces en serio? ¿Te propones asesinar a tu propio hijo?

– Algo estará haciendo – dijo un amigo de su hijo.

-Es un pobre imbécil – comentó Seth -. Pregúntale algún día a mi madre.. ella te lo dirá. Nunca ha podido…

– No voy a asesinarle. Voy a… borrarle -.

Su dedo apretó el botón.

-… hacer nada en su vida –

….Las palabras MI HIJO ES SETH ROGER HAGSTROM desaparecieron de la pantalla.

Afuera, también desaparecieron las palabras de Seth.

No se oía otra cosa, excepto el frío viento de noviembre, soplando negras advertencias para el invierno.

Richard apagó el procesador de palabras y salió de la oficina. El camino de entrada estaba vacío, el primer guitarrista de grupo, Norm no-sé-qué no apareció. La monstruosa y siniestra furgoneta, una vieja LTD en la que el grupo transportaba su equipo en sus infrecuentes contrataciones, no estaba estacionada en la calle.

Quizás estaba en alguna otra parte del mundo, resoplando por alguna carretera, o estacionada en de algún establecimiento de hamburguesas, y el grupo “Norm” también estaba en alguna parte del mundo, lo mismo que Davey que tocaba el bajo, cuyos ojos eran impresionantemente vacíos y que llevaba un seguro metálico colgado del lóbulo de una oreja, lo mismo que el de la batería, que no tenía dientes delanteros. Estarían por alguna parte, pero no aquí, porque Seth no estaba, Seth nunca había existido aquí.

Seth había sido borrado.

– No tengo hijo – masculló Richard. ¿Cuántas veces había leído esa melodramática frase en novelas malas? ¿Cien? ¿Doscientas? Nunca le había sonado a cierta. Pero ahora lo era.

Ahora era verdad. Oh, sí.

El viento siguió soplando y Richard sintió de pronto un terrible espasmo, en el estómago, que le hizo doblarse, jadeando. El viento pasó explosivo.

Cuando cedió el espasmo, caminó hacia la casa.

En lo primero que se fijó fue en que las viejas playeras de Seth, tenía cuatro pares de ellas y se negaba a tirar alguna, habían desaparecido de la entrada. Se acercó al pasamanos de la escalera y pasó el pulgar por una sección del mismo. A los diez años Seth había grabado sus iniciales, profundamente, en la madera del pasamano, una madera que Richard había pulido laboriosamente durante casi todo un verano. (bastante mayorcito para darse cuenta, pero Lina se había opuesto a que Richard le pusiera la mano encima a pesar de ello) La había lijado y empastado y rebarnizado pero el fantasma de aquellas iniciales persistió.

Ahora habían desaparecido.

Arriba. La habitación de Seth. Estaba limpia y ordenada, no vívida, seca y carente de personalidad. Había un letrero colgado en la puerta que decía:

HABITACIÓN DE INVITADOS.

Abajo. Y ahí fue donde Richard se entretuvo más. Los rollos de cable habían desaparecido; los amplificadores y micrófonos, habían desaparecido; el desbarajuste de las piezas de la grabadora que Seth iba siempre a “componer” habían desaparecido (carecía de la concentración y de la habilidad de su primo Jon). En cambio, la estancia llevaba el profundo sello (no especialmente agradable) de la personalidad de Lina, muebles pesados, recargados, tapíces de terciopelo de tema dulzón (uno de ellos representaba la Última Cena en la que Cristo se parecía a Wayne Newton (cantante norteamericano conocido como “Mr Las Vegas”), otro mostraba unos ciervos a la puesta del sol en un cielo de Alaska), una alfombra agresiva de un color tan vivo como la sangre arterial.

Ya no quedaba la menor huella de que un muchacho llamado Seth Hagstrom hubiera ocupado la habitación; esta habitación, o cualquiera de las otras de la vivienda.

Richard sequía aún al pie de la escalera, mirando a su alrededor cuando oyó llegar un coche, pensó y sintió una casi trepidante oleada de culpabilidad.

Es Lina de regreso de la íglesia, y ¿qué va a decir cuándo vea que Seth ha desaparecido? ¿Qué… qué…?

¡Asesino! La oyó gritar ¡Has asesinado a mi niño!

Pero él no había asesinado a Seth.

Le BORRË, murmuró, y subió a la cocina a recibirla.

Lina estaba más gorda.

Había enviado al bingo a una mujer que pesaba unos noventa kilos. La mujer que regresaba pesaba por lo menos ciento cincuenta, o más; había tenido que ladearse un poco para entrar por la puerta trasera. Unas caderas y muslos elefantinos se estremecían dentro de unos pantalones de poliéster del color de aceitunas demasiado maduras. Su tez, cetrina tres horas antes, parecía ahora enfermisa y pálida. Aunque no era médico, Richard creyó descubrir en aquella piel los síntomas de una enfermedad de hígado o una incipiente dolencia de corazón. Sus ojos cubiertos de pesados párpados contemplaron a Richard con una curiosa fijeza despectiva.

Llevaba un pavo congelado, enorme, en una de sus gordas manos. Se movía y se retorcía en su funda de celofán como el cuerpo de un extraño suicida.

-¿Qué estás mirando Richard?- le preguntó.

A ti, Lina, te miro a ti. Porque así es como te has vuelto en un mundo en el que no hemos tenido hijos. Así es como te has vuelto en un mundo en el que no hay objeto para tu amor…, por venenoso que pueda ser tu amor. Así es como te ves, Lina, en un mundo, en un mundo en el que todo entra y nada sale. Tú, Lina. Esto es lo que estoy mirando. A ti.

– Eso, Lina -consiguió decir por fin -, es uno de los mayores malditos pavos que he visto en mi vida. –

– Bien, pues no te quedes aquí mirándolo, idiota ¡Ayúdame! –

La ayudó con el pavo y lo depositó sobre el tablero de la cocina notando su desagradable frío. El ruido que hizo fue como el de un bloque de madera.

-Allí no -le gritó impaciente y le indicó la despensa-. No va a caber, mételo en el congelador..- Lo siento – murmuró; nunca habían tenido un congelador. Nunca en un mundo en el que había existido un Seth.

Llevó el pavo a la despensa, donde había un enorme congelador marca “Amana” brillando con luz fluorescentes como un blanco y helado ataúd. Lo metió dentro junto con otros cuerpos, criogénicamente conservados, de aves y demás animales, y volvió a la cocina. Lina había sacado el bote de galletas de crema de cacahuate y se las estaba comiendo metódicamente, una tras otra.

– Fue un sorteo de Acción de Gracias – explicó -. Lo tuvimos esta semana en lugar de la próxima porque el padre Phillips tiene que ingresar en el hospital para que le extraigan una piedra de la vejiga. Yo gané el premio gordo… – sonrió y una mezcla de chocolate y crema de cacahuate le resbalaba por la barbilla -.

-Lina -le preguntó- ¿Has lamentado alguna vez que no tuviéramos hijos?

Se le quedó mirando como si se hubiera vuelto loco de remate:

-Por el amor de Dios, ¿para qué iba yo a querer una mocosa en casa?- preguntó.

Cerró el bote de galletas, al que le faltaba la mitad, y volvió a guardarlo en la alacena.

– Me voy a la cama ¿Vienes o vas a suspirar un poco más sobre tu máquina de escribir? –

– Iré un rato más, creo – contestó. Su voz era sorprendentemente firme -. No tardaré.-

– ¿Funciona aquel aparato? –

– ¿Qué…? – De pronto le entendió y sintió otro remalazo de culpa. Conocía la existencia del procesador de palabras, claro. La desaparición de Seth no había afectado para nada la existencia de Roger, y el conocimiento de la familia de Roger había persistido. – Oh. Oh, no. No hace absolutamente nada.

Lina afirmó con la cabeza, satisfecha:

– Ese sobrino tuyo, siempre con la cabeza en las nubes igual que tú, Richard, si no fueras tan inútil, me pregunto si no la metiste donde no tenías que haberla metido, hace quince años. – Lanzó una risotada ordinaria, sorprendentemente fuerte… la risotada de una vieja y cínica alcahueta… y por un momento estuvo en un tris de abalanzarse sobre ella.

Luego, sintió que una sonrisa asomaba a sus labios, una sonrisa tan delgada y blanca y fría como el congelador que había reemplazado a Seth en esta nueva vida.

-No tardaré – le dijo – Solo quiero anotar unas cosas.-

-¿Por qué no escribes un cuento que gane el premio Nobel, o algo así? -preguntó indiferente. Las maderas del piso crujieron cuando inició su pesado camino hacia la escalera-. Todavía debemos la factura del oculista por mis lentes de leer y llevamos un pago de retraso de la video. ¿Por qué no ganas más maldito dinero?

– Pues, no lo sé, Lina. Pero tengo grandes ideas esta noche. De verdad.. – Se volvió a mirarle, pareció como si fuera a decirle algo sarcástico… algo sobre que ninguna de sus grandes ideas los había sacado de pobres pero que, en todo caso, se había quedado con él… luego desistió. Quizás algo en su sonrisa la había frenado y marchó hacia arriba.

Él permaneció abajo, escuchando sus pasos retumbando. Tenía la frente mojada de sudor. Se sentía a la vez mareado y excitado. Dio media vuelta y fue hacia su despacho.

Proximamente el desenlace…
Misma hora, mismo baticanal

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De Stephen King (Novela por entregas).

PARTE 2

Y después de que Nordhoff se fuera, Richard Hagstrom había enchufado el procesador y lo había puesto en marcha.

Oyó un zumbido, y esperó a ver si las letras IBM aparecían en la pantalla. No aparecieron. En cambio, misteriosamente, como una voz de la tumba, de la oscuridad subieron unas palabras, fantasmas verdes:

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, TÍO RICHARD!

JON.

-¡Cristo! -murmuró Richard cayéndose sentado. Un accidente había matado a su hermano, su esposa y su hijo dos semanas antes…

Regresaban de una excursión, y su hermano Roger estaba borracho. Estar borracho era algo perfectamente ordinario en la vida de Roger Hagstrom.

Pero esta vez la suerte le había vuelto la espalda y había conducido su destartalado y viejo coche hasta el borde de un precipicio. Se estrelló y ardió. Su hijo Jon tenía catorce años, no, quince. Quince recién cumplidos, dos días antes del accidente, dijo el viejo. Tres años más y se hubiera liberado de aquel pedazo de oso estúpido.

Su cumpleaños… y el mío poco después..Dentro de una semana. El procesador de palabras había sido el regalo de cumpleaños de Jon.

Esto empeoraba la cosa. Richard no sabía bien por qué, o cómo, pero así era. Alargó la mano para apagar la pantalla, pero la retiró al momento.

– Un chico fabricó un propulsor atómico con dos latas de sopa y piezas de coche, eléctricas, por valor de cinco dólares. –

Sí, claro, y las cloacas de la ciudad de Nueva York están llenas de cocodrilos y las Fuerzas Armadas de USA guardan el cuerpo congelado de un extraterrestre en alguna parte de Nebraska. Cuéntame algo más. ¡Carajo!

Se levantó y miró la pantalla a través de la parte de atrás. Sí, tal como había dicho Nordhoff. Cables marcados RADIO SHACK MADE IN TAIWAN. Cables marcados WESTERN ELECTRIC y WETREX y ERECTOR SET, con la “R” de la marca metida en el pequeño círculo y vio algo más también, algo que se le había escapado a Nordhoff, o que no había querido mencionar. Había un transformador de tren Lionel, envuelto en alambres como la novia de Frankenstein.

-¡Cristo! -repitió riendo, pero al borde de las lágrimas-. Cristo, Jonny, ¿qué creíste que estabas haciendo? –

Pero también conocía esta respuesta. Había soñado y hablado de que tenía años deseando poseer un procesador de palabras, y cuando la risa de su esposa Lina se hizo demasiado sarcástica para poder soportarla, lo había comentado con Jon:
-Podría escribir más de prisa, repasar y corregir más de prisa, y producir más- recordó habérselo contado a Jon el pasado verano…

El muchacho le había mirado gravemente, con sus ojos azul claro, inteligentes, pero siempre cuidadosamente cautos, agrandados por los cristales de sus gafas.

– Sería estupendo…, realmente estupendo. –

– ¿Y por qué no te compras uno, tío Rich? –

-No los regalan – contestó Richard sonriendo-. El modelo “Radio Shack” cuesta cerca de tres mil. De ahí puedes ir subiendo hasta llegar al de dieciocho mil dólares. –

-Bueno, a lo mejor te hago uno algún día- había dicho Jon. –

-A lo mejor- le había contestado Richard dándole una palmada en la espalda. Y hasta que llegó Nordhoff, no había vuelto a pensar en aquello.

– Cables de la tienda para aficionados a los modelos eléctricos. Un transformador de tren Lionel. ¡Cristo! –

Volvió a la parte delantera dispuesto a apagarlo, como si intentar escribir algo y fracasar, fuera algo así como mancillar lo que su frágil y delicado (predestinado) sobrino había dispuesto. Por el contrario, apretó el botón ENTER en el tablero.

Un estremecimiento extraño le recorrió la espalda al hacerlo… ENTER era una extraña palabra, si uno lo pensaba un poco. No era una palabra que pudiera asociarse con la escritura; era una palabra que parecía relacionarse a cámaras de gas y sillas eléctricas…, y quizás con coches viejos y destartalados saltando fuera de las carreteras.

ENTER.

El aparato zumbaba con más ruido que el que hacían cualquiera de los que había oído cuando los contemplaba en los escaparates, en realidad casi rugía. ¿Qué hay en la sección de memoria?

– ¿JON? Se preguntó-. ¿Resortes? ¿Transformadores Lionel puestos en fila? ¿Latas de sopa? Volvió a recordar los ojos de Jon, su rostro pálido y delicado. ¿No era extraño, quizás incluso morboso, tener celos del hijo de otro hombre?.

Pero debió haber sido mío. Lo sabía…, y creo que él también lo sabía.

Luego estaba Belinda, la esposa de Roger.

Belinda, que llevaba lentes de sol incluso en los días nublados, de las grandes, porque las marcas alrededor de los ojos tienen la mala costumbre de extenderse. Pero, a veces la miraba, sentada quieta y vigilante a la sombra de la risa escandalosa de Roger, y pensaba también casi lo mismo: Debía de haber sido mía.
Era un pensamiento espantoso, porque ambos hermanos habían conocido a Belinda en la iniversidad y ambos habían salido con ella.

ËL y Roger se llevaban dos años de diferencia y Belinda estaba perfectamente entre los dos, un año mayor que Richard y un año más joven que Roger.
Richard había sido el primero en salir con la muchacha que con el tiempo iba a ser madre de Jon.

Luego se había interpuesto Roger, Roger que era mayor que ella, y más fuerte, y que siempre conseguía lo que quería. Roger que era capaz de lastimar si uno trataba de cruzarse en su camino.

Tuve miedo. Tuve miedo y dejé que se me escapara. ¡Fue tan sencillo! Que Dios me valga, creo que sí. Me gustaría pensar que ocurrió de otro modo, pero tal vez es mejor no mentirse respecto a cosas como la cobardía. Y la vergüenza.

Y si aquello era verdad…, si Lina y Seth hubieran pertenecido al sinvergüenza de su hermano, y si Belinda y Jon hubieran sido suyos, ¿qué demostraba? ¿Y cómo una persona bien pensante podía entretenerse con semejantes absurdos, semejantes locuras? ¿Se rió? ¿Gritó? ¿Se pegó un tiro por su cobardía?

No me sorprendería que esto funcionara. No me sorprendería nada.

ENTER.

Sus dedos se movieron ágiles sobre el teclado. Miró la pantalla y vio esas letras flotando, verdes, sobre la superficie de la pantalla.

MI HERMANO ERA UN BORRACHO INDECENTE…

Flotaban allí, delante de él, y Richard recordó de pronto un juguete que había tenido de pequeño.

Se llamaba Ocho Bolas Mágicas. Se le formulaba una pregunta que podía contestarse con sí o con no, y entonces se hacía funcionar el Ocho Bolas Mágicas para ver lo que tenía que decir sobre la pregunta… Sus respuestas eran una mentira, pero en cierto modo atractivamente misteriosas, decían cosas como ES CASI SEGURO, YO NO PENSARÍA EN ELLO, y VUELVE A PREGUNTARLO.

Roger estaba celoso del juguete y por fín, un día, después de obligar a Richard a que se lo regalara, Roger lo había tirado contra la acera con tanta fuerza como pudo y lo rompió. Luego se había reído. Ahora, sentado aquí, escuchando el extraño ruido del interior del aparato que Jon había construido, Richard recordó cómo se había desplomado en la acera, llorado, incapaz de creer que su hermano hubiera podido hacerle tal cosa.

– ¡Nene llorón, nene llorón!, ¡Vean al al nene llorón! – se había burlado Roger-. No era otra cosa que un juguete barato de mierda, Richie. Fíjate no había más que un montón de letras y mucho agua.-

-¡VOY A CONTARLO! – había chillado Richard con todas sus fuerzas. Le dolía la cabeza. Tenía la nariz taponada por tantas lágrimas de desesperación-. ¡CONTARÉ LO QUE HAS HECHO, ROGER! SE LO CONTARÉ A MAMÁ. –

-Si lo cuentas te romperé el brazo- le amenazó Roger, y en su sonrisa glacial Richard vio que lo decía en serio. No lo contó.

MI HERMANO ERA UN BORRACHO INDECENTE.

Bueno, montado misteriosamente o no, la pantalla quedaba escrita. Si era o no capaz de retener información, quedaba por ver, pero el armado que había hecho Jon de un tablero Wang a una pantalla IBM, había funcionado. No creía que fuera culpa de Jon el hecho de que, por coincidencia, despertara en él desagradables recuerdos.

Miró a su alrededor y sus ojos se fijaron en la única fotografía que había allí y que él no había elegido ni le gustaba. Era un retrato de Lina, su regalo de Navidad de dos años atrás.

– Quiero que la cuelgues en tu despacho – le había dicho y, naturalmente, lo había hecho así.

Suponía que era una forma de vigilarle cuando ella no estuviera. NO te olvides de mí, Richard.

– Estoy aquí. Puede que apostara por un caballo perdedor, pero todavía estoy aquí, Y será mejor que no lo olvides. –

El retrato con su colorido artificial no hacía juego con los grabados de los pintores clásicos. Los ojos de Lina estaban entrecerrados, sus gruesos labios formaban algo que no acababa de ser una sonrisa.

– Sigo aquí, Richard – le decía aquella boca – Y que no se te olvide.

Tecleó:

LA FOTO DE MI MUJER ESTÁ COLGADA EN LA PARED A LA IZQUIERDA DE MI DESPACHO…

Contempló las palabras y le gustaron tan poco como la propia fotografía. Apretó el botón SUPRIMIR.

Las palabras desaparecieron. Ahora ya no quedaba nada en la pantalla excepto el firme latido del cursor; miró hacia la pared y vio que la fotografía de su mujer también había desaparecido.

Permaneció sentado allí, durante un buen rato…, por lo menos así se lo pareció…, mirando la pared donde había estado la fotografía. Lo que finalmente le sacó del atontamiento producido por el shock de absoluta incredulidad, fue el olor del CPU…, un olor que recordaba las Ocho Bolas Mágicas que Roger le había roto porque no era suyo. El olor era del fluido del transformador del tren eléctrico. Cuando se olía había que desenchufarlo rápidamente para que el aparato pudiera enfriarse.

Y así lo haría.

Dentro de un minuto.

Se levantó y caminó hasta la pared sobre unas piernas que no sentía. Pasó la mano por el tapíz de la pared. La fotografía había estado allí, sí, precisamente aquí.

Pero ya no estaba, y el clavo en el que estaba colgada también se había ido, y no había rastro de ningún agujero donde él había atornillado el clavo en el revestimiento.

El mundo se le volvió gris de pronto y dio unos traspiés hacia atrás, creyendo, vagamente, que se iba a desmayar. Se contuvo, sombrío, hasta que todo volvió a enfocarse de nuevo.

Recorrió con la vista desde el lugar vacío, donde había estado antes la fotografía de Lina, al procesador que su difunto sobrino había logrado componer.

Le sorprendería, oía mentalmente a Nordhoff diciéndole:

– Le sorprendería, le parecería sorprendente, enterarse de que un niño, en los años cincuenta, pudiera descubrir partículas que viajaban hacia atrás en el tiempo – le sorprendería lo que el genio de su sobrino era capaz de hacer con un montón de elementos desparejados, unos cables y unas piezas eléctricas. Le sorprendería sentir que se está volviendo loco.

El olor del transformador era cada vez más intenso, mas acusado y podía ver unas volutas de humo que salían de la envoltura junto a la pantalla. También el ruido del CPU era más fuerte. Iba siendo hora de desconectarlo… Por listo que hubiera sido Jon, aparentemente no había tenido tiempo de solucionar todos los tropiezos de aquel loco aparato.

Pero ¿sabía acaso que iba a hacer aquello?

Sintiéndose como un ser quimérico, Richard volvió a sentarse ante la pantalla y escribió:

LA FOTOGRAFÍA DE MI MUJER ESTÁ EN LA PARED.

Lo leyó volvió a mirar el teclado, y luego apretó el botón: ENTER. Miró la pared y la fotografía de Lina volvía a estar otra vez donde había estado siempre.

-¡Jesús! – musitó – ¡Cristo Jesús! –

Se pasó la mano por la mejilla, miró el teclado (ahora no había nada excepto el cursor) y escribió:

EL SUELO ESTÁ VACIÓ.

Luego, apretó el botón INSERT, y volvió a escribir:

EXCEPTO POR DOCE MONEDAS DE ORO DE VEINTE DÓLARES EN UNA PEQUEÑA BOLSA DE ALGODÓN.

Apretó ENTER.

Miró al suelo donde había, ahora, una pequeña bolsa de algodón, blanco, con un cordón que le cerraba. Sobre la bolsa y escrito en tinta negra, algo descolorida, se leía WELLS FARGO.

-Santo Dios -se oyó decir en una voz que no era suya – Santo Dios, Santo Dios…-

Hubiera podido seguir invocando el nombre del Salvador por unos minutos más, o por una horas, si el procesador de palabras no le hubiera reclamado insistentemente con su bip bip. Escrito en la parte alta de la pantalla se leía la palabra SOBRECARGA.

Richard lo apagó todo precipitadamente y abandonó el despacho como si le persiguieran todos los demonios del infierno. Pero antes de salir recogió la bolsita de algodón y se la guardó en el bolsillo del pantalón.

Cuando llamó a Nordhoff aquella noche, soplaba un helado viento de noviembre que parecía un lamento de gaitas por entre los árboles. El grupo de su hijo Seth está abajo, destrozando una melodía de Bob Seger. Y su esposa Lina había ido a la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro a jugar bingo.

-¿Funciona el aparato?- preguntó Nordhoff.

-Funciona perfectamente -contestó Richard. Metió la mano en el bolsillo y sacó una moneda. Era pesada…, más pesada que un reloj “Rolex”. En una de las caras había un águila de perfil recortado, en relieve, junto con la fecha 1871-. Funciona de un modo increíble. –

-Lo creo -dijo Nordhoff impasible-. Era un muchacho muy inteligente y le quería a usted mucho, Mr. Hagstrom. Pero tenga cuidado. Un chico no es más que un chico, listo o no, y el amor puede estar mal dirigido. ¿Entiende lo que quiero decirle?. –

Richard no entendía nada. Sentía calor y estaba nervioso. El periódico de aquel día decía que el precio del oro en el mercado era de 514 dólares la onza. Las monedas habían pesado una media de 4.5 onzas cada una, en su balanza postal. Al precio del mercado, aquello sumaba 27.756 dólares. Sospechó que eso era solamente la cuarta parte de lo que podía sacar si vendía las monedas como monedas.

– Mr. Nordhoff, ¿podría usted venir? ¿Ahora? ¿Esta noche? –

– No. No creo que quiera hacerlo, Mr. Hagstrom. Creo que esto debe quedar entre usted y Jon –

-Pero… –

– Recuerde solamente lo que le dije. Por Dios, tenga cuidado – se oyó un pequeño clic en el auricular y Nordhoff se había ido.

Continuará…

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De Stephen King (Novela por entregas).

PARTE 1

A primera vista parecía un procesador de palabras Wang (Una computadora primitiva)…, tenía un teclado Wang y un revestimiento Wang. Solamente cuando Richard Hagstrom le miró por segunda vez vio que el revestimiento había sido abierto (y no con cuidado, además; le pareció como si el trabajo se hubiera hecho con una sierra casera) para encajar en él un tubo catódico IBM ligeramente más grueso. Los discos de archivo que habían llegado con ese extraño bastardo no eran nada flexibles; eran tan duros como los disparos que Richard había oído de niño.

-Por el amor de Dios, ¿qué es esto? -preguntó Lina, cuando él y Mr. Nordhoff lo trasladaron penosamente hasta su despacho.

Mr. Nordhoff había sido vecino de la familia del hermano de Richard Hagstrom… Roger, Belinda y su hijo Jonathan.

-Una cosa que construyó Jon -explicó Richard-. Dice Mr. Nordhoff que quería que yo tuviera.

– Parece un procesador de palabras -.

-Eso es -dijo Mr. Nordhoff. Tenía más de sesenta años y respiraba con dificultad-. Esto mismo fue lo que dijo que era, pobrecillo… ¿Cree que podríamos descansar un momento, Mr. Hagstrom? Estoy sin aliento.

-No Faltaba más -respondió Richard y llamó a su hijo, Seth, que estaba fabricando acordes extraños y átonos en su guitarra “Fender”, abajo…, la habitación que Richard había destinado como “cuarto de estar” cuando lo había empapelado, se había transformado en “sala de ensayo” de su hijo.

– ¡Seth! -gritó- ¡Ven a echarnos una mano! -.

Abajo, Seth siguió arrancando acordes a su “Fender(una marca de guitarras electricas). Richard miró a Mr. Nordoff y se encogió de hombros, avergonzado e incapaz de disimularlo. Nordhoff hizo lo mismo como si quisiera decirle: ¡Los chicos! ¿Quién puede esperar nada bueno de ellos hoy en día?

Excepto que ambos sabían que Jon, el hijo de su hermano loco… había sido estupendo.

-Ha sido usted muy amable ayudándome con esto- dijo Richard.

-¿Qué otra cosa puede hacer un viejo con el tiempo que le sobra? Y creo que es lo menos que puedo hacer por Jonny. Venía a recortarme el césped, gratis, ¿sabe? Quería pagarle, pero el muchacho no lo aceptó nunca. Era un gran chico… -Nordhoff seguía ahogándose-. ¿Podría darme un vaso de agua Mr. Hagstrom?.

-Claro. -Se lo fue a buscar él mismo cuando su mujer ni se movió de la cocina donde estaba leyendo una novelucha y comiendo galletas-.

¡Seth! -volvió a llamar-. Sube y ayúdanos ¿quieres?.Pero Seth siguió tocando sus acordes amortiguados y feos en la “Fender” por lo que Richard estaba aún pagando.

Invitó a Nordhoff a que se quedara a cenar, pero Nordhoff se excusó cortésmente. Richard lo aceptó, de nuevo avergonzado pero disimulándolo mejor esta vez.

– ¿Qué hace un tipo estupendo como tú con una familia como ésta?, le pregunto un día su amigo Bernie Epstein, y Richard sólo había podido mover la cabeza, sintiendo la misma embarazosa vergüenza que sentía ahora.

Era un buen tipo, y ya ven, esto era lo que le había tocado…, una mujer gorda y aburrida que se sentía estafada por no tener lo mejor de la vida, que sentía que había apostado por un caballo perdedor (pero que era incapaz de atreverse a decirlo) y un hijo de quince años, nada comunicativo y que trabajaba lo menos posible en la misma escuela donde Richard enseñaba…, un hijo que tocaba horripilantes acordes en la guitarra, mañana, tarde y noche (sobre todo por la noche) y que parecía pensar que aquello le bastaría para salir adelante.

-Bueno, ¿y qué me dice de una cerveza?- preguntó Richard. Se resistía a dejar marchar a Mr. Nordhoff…- quería oír más sobre Jon.

-Una cerveza me encantaría- dijo Nordhoff, y Richard se lo agradeció.

-Mangnífico- y se fue a buscar un par de “Buds”.

Su despacho estaba en un pequeño pabellón, más como un cobertizo, separado de la casa y, lo mismo que el cuarto de estar, se lo había arreglado él mismo. Pero, al contrario del cuarto de estar, éste era un lugar que consideraba propio…,un lugar donde podía aislarse de la forastera con la que se había casado y del extraño que había concebido.

A Lina, por supuesto, no le parecía bien que él tuviera un refugio personal, pero no lo había podido evitar…, había sido una de las pocas, pequeñas, victorias que él había conseguido obtener.

Suponía que, en cierto modo, ella sí había apostado por un perdedor… Cuando se casaron, dieciséis años atrás, ambos creían que él escribiría novelas maravillosas y lucrativas y que no tardarían en circular en sendos “Mercedes-Benz”. Pero la única novela que publicó no había sido lucrativa y los críticos no tardaron en decir que tampoco era buena. Lina había visto las cosas desde el mismo punto de vista que los críticos y esto había sido el principio de su distanciamiento.

Así que las clases en la escuela superior, que ambos habían creído que no serían más que una escalera hacia la fama, la gloria y la riqueza, eran su principal fuente de ingresos desde hacía quince años…, una interminable escalera, se decía a veces. Pero jamás había abandonado su sueño. Escribía cuentos y algún que otro artículo.

Era miembro, bien considerado, de la Hermandad de Autores. Ganaba unos 5.000 dólares extra todos los años, con su máquina de.escribir, y por mucho que Lina protestara, aquello le daba derecho a su propio estudio…, especialmente dado que ella se negaba a trabajar.

-Un sitio estupendo- dijo Nordhoff, contemplando la pequeña estancia con su abundancia de antiguos grabados en las paredes.

El procesador bastardo estaba sobre la mesa con el CPU guardado debajo. La vieja “Olivetti” eléctrica de Richard había sido colocada, de momento, encima de uno de los ficheros.

-Es lo que necesito -contestó Richard. Con la cabeza señaló el procesador-. ¿Cree que esto va a funcionar? Jon sólo tenía catorce años.

-Es un poco raro, ¿verdad?

-Ya lo creo- asintió Richard.

-No conoce ni la mitad -rió Nordhoff-. Eché una mirada por detrás del vídeo. Algunos de los cables llevan impreso IBM, y algunos “Radio Shack”. Ahí metido hay gran parte de un teléfono “Western Electric”. Y, créalo o no, hay un pequeño motor procedente de un “Erector Set” (Parecido al Mecano sirve para ensamblar simples juguetes electronicos ).-

Sorbió la cerveza y dijo, reminiscente

Quince. Acababa de cumplir quince. Un par de días antes del accidente…-

Pasados unos segundos repitió, mirando la botella de cerveza-. Quince -pero lo dijo en voz baja.

-Eso es. “Erector Set” fabrica un pequeño modelo eléctrico. Jon tenía uno, desde que era…, oh, desde los seis años. Se lo regalé un año por Navidad. Ya entonces le volvían loco las cosas mecánicas. Cualquier aparatito le encantaba, así que imagine lo que fue aquella caja de pequeños motores “Erector Set” para él. Le debió encantar. Lo guardó por más de diez años.

– Pocos niños lo hacen, Mr. Hagstrom -.

-Es verdad – asintió Richard pensando en la cantidad de cajas de juguetes de Seth que había tirado en aquellos años…, rotos, olvidados, destrozados por el placer de destrozar. Miró el procesador de palabras -. Entonces seguro que no funciona -.

-No lo diga hasta que lo haya probado -advirtió Nordhoff-. El muchacho era lo más parecido a un genio electrónico.

-Creo que está exagerando. Sé que era hábil con la mecánica, y que ganó el premio de la Feria Estatal de la Ciencia, cuando estaba en sexto grado…

-Compitiendo con muchachos mucho mayores que él…, alguno de ellos de la Escuela Superior.

Por lo menos esto fue lo que dijo su madre.

-Es cierto. Todos estuvimos muy orgullosos de él.- Pero no era exactamente verdad. Richard se había sentido orgulloso, y la madre de Jon también; al padre del muchacho le importaba un bledo.

-Pero una cosa son los proyectos de la feria de la Ciencia y otra construir tu propia máquina de palabras… -se encogió de hombros.

Nordhoff dejó su cerveza:

-Allá por los cincuenta, un chico fabricó un propulsor atómico con dos latas de sopa y un equipo eléctrico por valor de cinco dólares. Jon me lo contó. También me dijo que había un chico en alguna ciudad rural de Nuevo México que descubrió los taquiones… partículas negativas que por lo visto pueden viajar hacia atrás a través del tiempo…, en 1954. Y un niño de Waterbury, Connecticut, de once años, que fabricó una bomba con el plástico de arrancó de las cartas de una baraja. Con ella voló una caseta de perro, vacía. Los chicos raros, a veces. Sobre todo los genios. Le sorprendería.-

-A lo mejor. Puede que me sorprenda.-

-En Todo caso, era un muchacho estupendo -.

-Usted le quería un poco ¿verdad? –

-Le quería mucho, Mr. Hagstrom -confesó Nordhoff-. Era realmente estupendo -.

Y Richard pensó en lo extraño que era…, su hermano, que había sido un verdadero vago desde la niñez, había encontrado una mujer magnífica y un hijo inteligente. Él, en cambio, que siempre había tratado de ser amable y bueno, (lo que podía significar “bueno” en este mundo de locos) se había casado con Lina que se hizo una mujer silencio, vulgar, y con ella había tenido a Seth.

Mirando ahora el rostro honrado, sincero y cansado de Nordhoff, se encontró preguntándose cómo había podido ocurrir y cuánto había sido por su culpa, como resultado natural de su propia y callada debilidad.

-Sí -dijo Richard- realmente lo era.

-No me sorprendería que esto funcionara -comentó Nordhoff-. No me sorprendería nada.-

Continuará…

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